domingo, 27 de noviembre de 2011

Adviento

Era una de esas noches de invierno, de esas que a las 6 de la tarde ya es noche cerrada. Eran las ocho, en aquellos momentos y el sacerdote se estaba cambiando la sotana verde ordinaria por una de color morado pues habían comenzado las cuatro semanas de adviento, las cuatro semanas antes de Navidad. El término adviento viene del latín y quiere decir VENIDA. Es un tiempo de espera, un tiempo especial para preparar el espíritu para el nacimiento de Jesus. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas en la que se deben realizar cuatro tareas del alma: limpiar, ordenar, adornar y alegrar.
El sacerdote estaba solo en la Iglesia. El hombre tenía frío, puesto que las instalaciones eran antiguas y la fría piedra no emanaba más que gélidos suspiros.
Salió de la sacristía y suspiró al ver la iglesia desierta: normal. ¿Quién en su sano juicio estaría en la iglesia un jueves a las ocho de la tarde? Pero debía estar en su puesto de trabajo, por lo que el hombre se metió en el confesionario, sentado en una butaca de terciopelo y cogió un libro de su autor favorito: Muñoz Molina.
Pasaron los minutos y a sus heladas manos le costaban pasar las hojas. Resopló: qué aburrimiento.
El sacerdote era joven, de unos treinta años, de ojos claros y piel clara también, sin embargo, su pelo era oscuro. En sus tiempos fue un jovencito vivaz y alegre, de hecho nunca había tenido en mente ordenarse párroco, pero los caminos del señor son inescrutables y una tarde sintió su llamada, dejando todo para acudir al seminario. A sus padres, gente liberal y nada amiga del catolicismo, les sentó como una puñalada en lo más hondo de su corazón, pero bajo la fuerte convicción del chico, éstos no tuvieron más remedio que dejarle ir.

A los pocos minutos, comenzó a tronar y a llover fuertemente. – Lo que me faltaba… - musitó el sacerdote.
Los truenos sonaban realmente cerca, por lo que el buen hombre, comenzó a rezarle a Santa Bárbara, patrona de los truenos y de los viajantes perdidos.

Santa Bárbara bendita
Que en el cielo estás escrita
Guarda pan y guarda vino
Para el que va por el camino.

Mientras el párroco rezaba, oyó unos suaves pasos. Eran unos pasos lentos, suaves y agradables. Tenían ritmo y compás y parecían ser de una mujer por el ruido que emitían, puesto que resonaban por toda la estancia.
El cura levantó sus ojos un momento y vio por el entablillado del confesionario a un hombre, no a una dama.
El sacerdote disfrutaba de una posición privilegiada, puesto que desde su escondite de madera y, tras un fino visillo de seda casi transparente podía ver los movimientos de aquel hombre que se había parado a la altura del confesionario en medio del pasillo.
Era un hombre alto, de ojos tiernos y muy oscuros. Una combinación extraña. – El cura continuó su análisis desde su madriguera de celulosa -  tenía el pelo engominado hacia atrás y portaba un sombrero como de vaquero o algo por el estilo. Le molestó que no se hubiese descubierto la cabeza al entrar en un terreno sagrado, pero simplemente se limitó a entornar los ojos y levantar un poco el labio. – Maleducado – susurró el párroco.
Aunque lo que más le llamó la atención fue que vestía una enorme gabardina. Una gabardina marrón, a juego con el sombrero, que a falta de cubrirle todo el cuerpo, esta arrastraba su tela por el suelo, ensuciando y mojando la cuidada alfombra de la iglesia que las feligresas más devotas se dignaban a aspirar y barrer casi todos los fines de semana. – Será posible… - maldijo el sacerdote – lo está poniendo todo perdido.

El extraño personaje no se movió durante un buen rato. Tenía los puños cerrados con fuerza y los labios blancos de la fuerza que ejercía sobre ellos. En un rápido movimiento, la figura del centro de la sala de giró noventa grados, haciendo girar su gabardina en el aire, casi y se acercó raudo al confesionario.

Postró su rodilla en el frío mármol del suelo y puso una mano en el corazón y la otra apoyada en la madera que los separaba.

Ave María purísima

Conjuró el hombre, con una voz un poco extraña y extremadamente grave. El párroco que estaba atento a los movimientos de aquel hombre que nunca había visto antes, dejó el libro que Márquez que sostenía en sus manos y respondió como si de una máquina se tratase a la alabanza de la Virgen que suponía el comienzo del acto de confesión.

Y sin pecado concebida
Cuente sin reparo
A qué se debe su venida
Y cuanto lleva su alma sin amparo

El hombre del sombrero tragó saliva con sonoridad. Y esbozó una timidísima sonrisa en su cara, que estaba tapada por completo casi por su enorme sombrero con alas.

Perdone usted mi osadía
Pero tendrá que perdonarme
Aún no ha llegado el día
En que tenga que confesarme
Porque yo soy el que peca
Porque soy el que asesina
Soy el que llena su hipoteca
Siempre con hambre ladina.

Su voz gutural retumbó por la silenciosa sala. El hombre marcaba bastante las eses, y arrastraba las vocales, lo que hacía de su habla un canto agónico y bastante molesto. El sacerdote abrió mucho los ojos ante su respuesta y por fin, reunió el valor suficiente para acercar la cabeza a la madera que los separaban y comenzó a elaborar su respuesta.

Ya basta la broma pesada
Si no viene a confesarse,
Largo, no pise esta posada
Busque a otro del cual burlarse

El cura de repente ya no sintió frío en sus dedos, sino un calor que le abrumaba. Por lo que decidió aflojarse el alzacuello por unos instantes. Y, sin darse cuenta, el hombre comenzó a hablar de nuevo, pero esta vez, su voz ya estaba un poco más distorsionada y era mucho más gutural.

Dulce ser de la superficie
Qué mal trato con el amigo de tu jefe
¡Tendré que castigarlo con calvicie!
¿Habrase visto tal mequetrefe?
Yo aterroricé a aquel buen señor
Encima del busto de Palas
Con aspecto de cuervo ojeador
Poe retrató mis negras alas.
Yo soy el maligno
El ángel que busca algo más.
Ahora tu osadía llevará mi signo
Junto una maldición además
¡Tú! Párroco de pacotilla
No me trates con puñales
O dejaré que te coma la polilla
Como ya lo hizo con tus genitales

El hombre se apartó y se puso de pié. Mientras el sacerdote, se llevó una mano al cuello y, harto de valor salió del confesionario y le apuntó con el dedo y la cruz que colgaba de su cuerpo. De repente, notó como se le desprendían unos pelos negros de su media melena.

Atrás ser abisal
¡Lucifer! ¡Satán!
¡Largo! ¡Largo con tu canto mortal!
O te atravesaré con la cruz ¡Truhán!

El párroco cogió una cruz de unos cuarenta centímetros como si de una espada se tratara, con el fin de poder defenderse de tal agónica situación. El hombre de la gabardina rió fuertemente, haciendo que se apagaran las velas con un chasquido de sus dedos. Entonces todo se quedó a oscuras. Dio un paso, pero en vez de aparecer, como es lógico, unos centímetros más delante de su situación anterior, apareció de golpe delante del aterrorizado hombre. El sospechoso lo desarmó de un tortazo y entonces desapareció. El sacerdote se creía salvado, pero entonces sintió una húmeda lengua en su oído.

¡Basta! ¡Bastardo!
¡Muéstrate como un hombre!
No te creas muy gallardo
Por usar un truco tan pobre
Dios de los cielos
¡Acude a mi persona!
Tú, más alto que  cualquier rascacielos
Haz desaparecer su chulería gorrona

El desaparecido volvió a aparecer y se rió con ganas. Con otro movimiento de muñeca volvió a encender las velas, para dejarse ver de nuevo.
Entonces se quitó el sombrero, delante del asustado párroco, dejando ver dos prominentes cuernos. Se deshizo de su gabardina, dejando ver un torso desnudo acompañado de unos miembros inferiores de ungulado caprino. Su coxis no terminaba donde la espalda pierde su nombre, sino que de este brotaba una cola de un par de metros.
Lo que el párroco había confundido con tacones, no eran más que  pezuñas, cómo no: pezuñas de cordero. Además, sus profundos ojos negros habían dejado de tener cristalino, iris y demás para ser reemplazados por una pupila negra y oscura que cubría la cavidad ocular por completo.

Hombre no soy
Y tu jefe no acudió
Porque el que manda soy yo hoy
Porque el viejo ya murió.
Si, ahora el mal tiene el poder
Me aburres enormemente
Por lo que no te debes entrometer.
Así que deja de incordiar mi mente

El cura intentó atacarle, porque vaticinar la muerte de Dios y la consecuente elevación del mal sobre el bien no era de su agrado, pero el Maligno, lo agarró por su muñeca y lo besó en los labios.

No podía dejar que murieras
Sin caer en los placeres de la carne
Así estarás todas las eras
Viendo como tu cuerpo arde.

Entonces el cura cayó muerto de los labios del Maligno, con un rictus de terror en la mirada y los labios manchados de negra saliva. El Maligno se desapareció un segundo, para traer consigo a un niño, de no más de diez años, que hasta ahora seguramente dormía plácidamente en la casa más cercana. El chiquillo gritó, pero su grito se transformó en un balido, un balido de cabra.

Come querido
Crece para mí
Cuando descubran su cuerpo herido
Te echarán las culpas a ti.

El niño, ahora convertido en cabrito, comenzó a comer los dedos del cadáver, para luego continuar por sus piernas hasta no dejar más que un charco de sangre.

El Maligno sonrió y vio el espectáculo, para cuando el cuerpo estuvo muy mutilado, de enfundó en sus ropajes, dejando a la cabra comiendo aquel maravilloso festín.

Esperando a que el adviento lo llevase a otra capilla. En aquella noche llena de truenos. Al salir al exterior, hizo una reverencia. Seguramente a la patrona de los truenos, puesto que cuando el Maligno salió, ellos cesaron.

Gracias bella dama
Gracias por ayudar al que te ama.

Desaparece.

2 comentarios:

  1. looooooool Me encanta, en serio, me encanta. Porque ya es bastante satírica la conversación pero es que el final es genial lol
    Y la representación del diablo tiene guiños muy buenos u.u y no me esperaba un final tan endiablado XD

    and it's so easy when you're evil ~~
    and i do it all for free ~~
    your tears are all the pay i ever need.

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  2. *hace una reverencia*

    Gracias, gracias. En serio. Uno hace lo que puede, os recomiendo ir a misa de vez en cuando, porque se te pueden ocurrir maravillas como estas ajajajaaj porque te vas a tu mundo de ilusión y olle: surguen cosas geniales

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